"Discúlpeme, pero no le voy a responder a su pregunta. Porque una ciudad es un organismo muy complejo, y es difícil sintetizar una explicación sobre cómo está esta ciudad", respondió el arquitecto César Pelli, cuando en el teatro San Martín alguien le pidió una opinión sobre su tierra natal. Al margen de que un par de días después, en círculos más reducidos y expertos, se despachó con todo, lo que aquí interesa enfatizar no son las críticas que luego vertió, sino el concepto de que una ciudad es "un organismo muy complejo". Precisamente, el concepto de complejidad es uno de los más difíciles de digerir por esos tiempos que reclaman pensamientos en blanco o negro. Como antítesis de este mandato, los griegos -que no dejaron idea sin pensar- le aportaron a la cultura occidental el concepto de que "todo tiene que ver con todo". Y a eso se remite la reflexión de Pelli de la complejidad de la ciudad: un todo en el que confluyen el espacio físico natural y construido, el intercambio económico, cultural y social, la circulación vehicular, los servicios, la infraestructura sanitaria y educativa, entre otros factores que, según como funcionen, la hacen más o menos vivible.

Cuando decidió decir lo que pensaba, destacó la dinámica impresionante" de esa ciudad que antes era "más dormidita". "Pero la ciudad ha perdido cohesión, identidad", fue lo más suave que dijo, antes de sus apabullantes reflexiones sobre el edificio de la Legislatura; sobre lo que sucesivas administraciones han hecho con el espacio de la Casa Histórica; sobre las remodelaciones en Horco Molle; sobre el estado de la escuela Sarmiento (sólo se salvó la higuera de la India, el San Antonio) y sobre el parque 9 de Julio, que cada vez pierde más verde y espacio público.

No es contradictorio el elogio del "señor de los rascacielos" a la ciudad como un organismo que late (la torre es "EL" paisaje de las ciudades modernas). En esa misma sintonía habrá que escuchar, en todo caso, su visión crítica sobre los barrios cerrados, que, en su criterio, aportan a la fragmentación.

En eso, el Pelli "famoso" se encuentra con el otro Pelli, Víctor Saúl, también arquitecto como su hermano mayor y residente en el Chaco. Aunque parecen haber tomado derroteros diferentes - el fuerte de Víctor es la vivienda social- los dos tienen esa vivencia de la ciudad como un espacio democrático en permanente construcción.

El "otro" Pelli (docente en la Universidad del Nordeste, muy respetado entre sus pares) mete la cuña en las políticas sociales y habitacionales como herramientas estratégicas para alcanzar esa ciudad democrática y equitativa. Pero el hermano de los rascacielos no se queda atrás, cuando se mete con el poder político, al señalar que los cambios en las reglas del juego (en este caso, las excepciones a las normas municipales, el abuso del retranqueo) no le hacen bien a la ciudad; o cuando apunta que al edificio de la Legislatura lo podrían haber hecho arquitectos tucumanos. Y que, muy probablemente, el resultado habría sido: más bonito y más barato.

Ningún responsable de los ámbitos políticos o institucionales que fueron rozados por la crítica de Pelli - UNT, gobierno provincial y municipal- se dieron por aludidos. Por lo menos dos interpretaciones para ese silencio: una, la gentileza ante la talla del invitado; la otra, la sensación de que el visitante, el que "viene de afuera", no tiene derecho a la crítica. Al margen de ese silencio, los dichos de Pelli dejan pensando cómo se podrán remontar los desaciertos -tanto políticos como de la sociedad toda- para poder habitar y transitar una ciudad que tenga identidad y que sea vivible.